Recordando al escritor Salvador Elizondo

Recordando al escritor Salvador Elizondo

Salvador Elizondo (1932-2006), considerado el escritor más original y vanguardista de la llamada Generación de Medio Siglo, le gustaban la sopa de fideo y los tacos de chicharrón, además, comía mucho chile chipotle.

Al novelista, traductor y crítico literario le fascinaban el mar, las plantas, los animales y el paisaje mexicano. “Siempre usaba paliacate, zapatos ingleses y tweed irlandés; y no sólo bailaba rock and roll sin despeinarse sino que se peleaba a golpes de traje”, recuerda su viuda, la fotógrafa Paulina Lavista.

Todas las vivencias y ocurrencias del autor de Farabeuf o la crónica de un instante, sus textos literarios y poemas, sus dibujos y las fotografías que tomaba, sus chistes y reflexiones, sus dudas y su estado de ánimo, así como los collages que construía con noticias e invitaciones culturales de los años 70, fueron plasmados en unos cien cuadernos.

Lavista, quien fue esposa del autor de El hipogeo secreto durante 37 años, ahora deja a sus lectores asomarse a ese gran universo escrito en diarios, cuadernos de escritura y nocturnarios a través del libro Salvador Elizondo. Diarios 1945-1985, que reúne una selección de los manuscritos.

“No sólo es un diario personal, sino también de la ciudad, de sus personajes, de las fiestas a las que íbamos, de las personas que conocía, de lo que iba publicando y leyendo”, comenta en entrevista la artista de la lente.

Evoca a su esposo como un hombre “atractivo, atormentado, nervioso, que hablaba chino y lo obsesionaba la obra del escritor irlandés James Joyce; pero, sobre todo, era un gran conversador. Eso es lo que más extraño. Nos sentábamos con un whisky en la tarde a platicar y nuestra imaginación volaba. Era maravilloso”, detalla.

A diez años de la muerte del también cuentista, Lavista admite que no era un hombre fácil. “Era muy ordenado, no podías tocar nada, era muy intransigente. Pero también era adorable, tenía un gran espíritu, era todo un caballero, muy querendón con sus hijas y su madre. Era un hombre extraordinario. Tenía un alma muy linda”, agrega.

“También era romántico, celoso, iracundo, simpático, risueño, sentimental, ocurrente, puntual, flojo a veces, otras ocasiones borracho, exigente, crítico agudo, obsesivo, macho mexicano, mujeriego, fumaba, a veces mariguana, y lloraba con la poesía”, añade.

Cuenta que conoció a Elizondo —quien hoy hubiera cumplido 83 años—cuando ella tenía 13 años de edad, pues era amigo de su padre, el músico de cine Raúl Lavista. “Fue mi maestro, lo conozco de toda mi vida. Le debo demasiado. Él me ayudó a entrar al CUEC, fue mi primer cliente como fotógrafa. Luego, ya siendo mi marido, era mi primer espectador y yo su primera lectora. Ahora es alguien con quien dialogo, a veces le cuento lo que está pasando”, confiesa.