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Hoy Escriben - Miguel Ángel Sosa

Cuando el cerebro necesita más estímulos

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es una condición del neurodesarrollo que puede influir en la atención, el control de los impulsos, la organización y la regulación de la actividad.

Pero ¿qué sucede cuando una persona no encuentra suficiente estímulo en lo que hace? La llamada hipoestimulación puede ayudar a comprender algunas de las dificultades que experimentan quienes viven con TDAH, especialmente frente a tareas repetitivas, predecibles o poco atractivas. No necesariamente se trata de falta de voluntad, sino de una dificultad para mantener el nivel de activación necesario.

El concepto se relaciona con la hipótesis de la activación óptima, según la cual el desempeño puede mejorar cuando existe un nivel adecuado de estimulación.

En el TDAH, esta perspectiva permite comprender por qué alguien puede concentrarse intensamente en un videojuego, una conversación apasionante o un proyecto creativo, pero tener dificultades para leer un texto poco atractivo o terminar un trámite.

¿Cómo puede una persona permanecer concentrada durante horas en algo que le interesa y sentirse incapaz de comenzar otra actividad?

Los especialistas señalan que la atención no depende únicamente de la voluntad. También intervienen las funciones ejecutivas, la motivación, la regulación emocional y las características de cada tarea.

La investigación sobre los sistemas de recompensa y la dopamina ha aportado elementos para entender por qué la novedad, la urgencia, el interés o una recompensa cercana pueden aumentar el compromiso.

Esto no significa que todas las personas con TDAH tengan una simple “deficiencia de dopamina”; se trata de un fenómeno mucho más complejo.

Esta mirada también permite cuestionar algunas etiquetas sociales. ¿Cuántas veces se ha llamado floja, irresponsable o desorganizada a una persona que en realidad estaba luchando por iniciar una tarea poco estimulante?

Un estudiante puede posponer un trabajo durante días y realizarlo rápidamente cuando aparece la presión de la fecha límite. Un adulto puede necesitar música, movimiento o trabajar acompañado para mantenerse enfocado. Estas conductas pueden representar intentos de modificar el entorno para conseguir mejores condiciones de atención.

La propuesta, entonces, no debería consistir únicamente en pedir a las personas con TDAH que se adapten a ambientes diseñados para otros estilos cognitivos. También podemos preguntarnos cómo crear entornos más estimulantes y flexibles.

Dividir una tarea en pequeños objetivos, incorporar pausas de movimiento, utilizar temporizadores, alternar actividades o establecer recompensas cercanas pueden ser estrategias útiles.

En la escuela y el trabajo surge una pregunta necesaria: ¿y si la productividad no dependiera exclusivamente de permanecer quietos y concentrados durante largos periodos?

Sin embargo, la hipoestimulación no debe utilizarse para explicar automáticamente cualquier dificultad de concentración ni sustituir una evaluación profesional.

El TDAH puede manifestarse de maneras diferentes y coexistir con otros factores que afectan la atención, como el estrés, los problemas de sueño o las dificultades de aprendizaje.

Comprender la hipoestimulación debe servir para formular mejores preguntas, no para colocar etiquetas. La pregunta puede cambiar de “¿por qué no se esfuerza?” a “¿qué condiciones necesita para funcionar mejor?”.

Hablar de hipoestimulación en el TDAH puede convertirse en una oportunidad para transformar nuestra idea de disciplina y rendimiento.

Una sociedad más comprensiva no es aquella que elimina las exigencias, sino aquella que reconoce que no todas las personas regulan la atención de la misma manera.

Comprender estas diferencias puede reducir el estigma y favorecer estrategias más humanas. Porque detrás de quienes escucharon durante años “pon más atención” puede existir una pregunta mucho más profunda: ¿qué podemos cambiar en el entorno para que esa atención tenga un lugar donde sostenerse?