La doncella Fornarina fue obligada por su padre a casarse contra su voluntad. La noche de las bodas le dijo a su marido: “Mi cuerpo te pertenecerá, pero no mi corazón”. Replicó el hombre: “Despreocúpate, linda. El corazón para nada lo voy a necesitar”. Ya conocemos a Capronio: es un sujeto desconsiderado y ruin. Su suegra le contó, mortificada: “Un hombre me llamó ‘vieja bruja’”. “Tírelo a lucas, suegrita -la consoló Capronio-. No es usted tan vieja”. El esposo se quejó con su mujer: “Me disgusta que tomes cerveza y comas cacahuates y papitas durante el acto del amor”. “¡Ah! -se indignó ella-. ¿Entonces nada más tú quieres disfrutar?”. La Selección Nacional de futbol nos alegró. La afición futbolera de la Ciudad de México nos avergonzó. El triunfo de los futbolistas mexicanos en su reciente partido de la Copa en que la FIFA bebe fue motivo de júbilo para cientos de miles de aficionados. Con moderada pena digo que no comparto esa afición. En toda mi dilatada vida he asistido a un solo partido de futbol, y me aburrí soberanamente. Fue el 5 de febrero de 1964, en el estadio de la Ciudad Universitaria. Se enfrentaron en partido amistoso -es un decir, pues menudearon por ambos bandos las jugadas sucias- los equipos de México y de la entonces URSS. Ganaron los rusos, 2 a 0. Recuerdo la fecha no por la efemérides futbolística, sino porque ese día falleció en Saltillo, a los 26 años de edad, un querido hermano de mi entonces novia, la amada eterna. Celebro ahora el triunfo del equipo de casa; el emotivo homenaje a Memo Ochoa; la participación en el juego del jovencísimo Gilberto Mora, pero lamento la grosera conducta de quienes profirieron una vez más el soez grito homofóbico y corearon mentadas de madre al equipo visitante. Supe de la ola interrumpida; del desangelado Cielito Lindo; de las ebriedades y excesos que acompañaron y siguieron al partido, y de todas las muestras bajunas y pedestres de quienes con su comportamiento degradan el juego y acarrean desprestigio internacional a México. De histórico fue calificado ese partido. Muchos otros han recibido esa misma denominación, y son hoy poco recordados. Al decir todo lo anteriormente dicho voy contra la corriente, lo sé bien, pero no puedo simular un entusiasmo que estoy muy lejos de sentir. Esto no es desabrimiento causado por la edad; es resistencia pacífica ante un torneo lleno de irregularidades, manipulado por unos cuantos individuos de escasa calidad humana y deportiva, y seguido por millones de hinchas que durante 90 minutos -entiendo que eso dura el juego, sin contar las venales pausas para hidratación- buscan olvidarse de sí mismos y fundirse con la muchedumbre. Yo, lo declaro son ambages, no estoy viendo los juegos de la Copa. Y pido a los entusiastas de la Copa, sinceros unos, simulados otros, que perdonen a este díscolo Vicente que se resiste empecinadamente a ir a donde va toda la gente. En la fiesta dos invitadas entablaron plática. Una le dijo a la otra: “Cometí el error de casarme tres veces”. Acotó la otra: “Yo cometí tres errores sin casarme”. Nalgarina, vedette de moda, les mostró a sus compañeras el retrato de su nuevo sugar daddy. Era un vejete calvo, arrugado, patizambo y barrigón. Comentó Nalgarina: “Esta fotografía le hace poco favor. No se le ve la cartera”. Tintorino, artista del pincel, presentó en la exposición un desnudo femenino. Frente a su obra se agolpaba un grupo numeroso de hombres que se esforzaban por ver de cerca la pintura. Alguien le preguntó a Tintorinio: “¿Por qué tanto interés en tu cuadro?”. Explicó él: “Es que en vez de la firma puse el teléfono de la modelo”. FIN.
Mirador
Por Armando Fuentes Aguirre
San Virila vio en el camino de la aldea a un niño que lloraba porque su gatito había subido a un árbol y no podía bajar.
El pequeño le pidió al frailecito:
-Haz un milagro.
Preguntó él:
-¿Qué clase de milagro quieres?
Respondió el niño:
-Puedes hacer que el árbol incline sus ramas hasta el suelo para que mi gatito pueda bajar, o tender una escala de luz para que por ella baje.
-Nada de eso es necesario -le dijo San Virila. Y así diciendo lo ayudó a subir al árbol.
Trepó el chiquillo, alcanzó al gatito y bajó junto con él.
-¡Caramba! -le dijo San Virila alegremente-. ¡Qué gran milagro hiciste!
¡Hasta mañana!
Manganitas
Por AFA
“Avanza México”.
En la Copa sí se puede.
Tratándose de futbol
nuestro país mete el gol.
En lo demás retrocede.








