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Hoy Escriben - Catón

De política y cosas peores

Don Gorrino, dineroso señor septuagenario, casó con Loretela, mujer de 20 abriles. Tiempo después un amigo del matrimoniado le preguntó, indiscreto: “¿Cómo haces para tenerla, digamos, contenta?”. En tono de secreto respondió el maduro esposo: “Le doy besitos donde a ella le gusta”. “¿De veras? -se interesó con morbosa curiosidad el otro-. ¿Dónde le gusta que la beses?”. Contestó don Gorrino: “En Nueva York, en París, en Londres, en Venecia”. “Humo, gotera y mujer vocinglera echan al hombre de su casa afuera”. “Ni yegua grulla ni mujer que arguya”. El refranero popular es misógino, igual que la Biblia y que el humor universal. Los dichos populares imponen silencio a la mujer, o en el mejor de los casos hacen de ella una silenciosa conductora de su hogar y su marido: “La mujer, obedeciendo, manda”. Cuando la amada eterna y yo nos casamos, su director espiritual, un sabio sacerdote, le dio dos consejos para llevar bien su matrimonio. El primero: “Nunca te le niegues a tu esposo”. El segundo: “Jamás le preguntes de dónde viene ni a dónde va”. Hace años restauré una casa en la calle de General Cepeda, donde nací y en la cual pasé mi niñez y juventud. Esa antigua casona está en el barrio del Ojo de Agua, el de más tradición en Saltillo. Hice poner en ella un mural de mosaicos con los nombres de 14 renombrados personajes, hombres y mujeres, pertenecientes a ese entrañable vecindario. En el mural hay de todo: un boxeador, una boticaria, un cómico, un juez, un cura, un matachín, un par de poetas -Saltillo es pródigo en esos especímenes-, una promotora social. Y un brujo. Al menos eso se decía de don Eduwiges, quien también era llamado zaurino, por zahorí. Ni zahorí ni brujo era ese buen señor. Era yerbero, o sea herbolario. Cierto día llegó a su tendajito una muchacha. Llena de aflicción le contó que era recién casada. Desgraciadamente su marido era violento, si no de obra de palabra sí. Por el menor motivo le levantaba la voz. Ella se la bajaba, o sea que le respondía en el mismo tono. Aquellos pleitos a gritos eran el cuento de nunca acabar, y el matrimonio se estaba yendo a pique. La llorosa joven le preguntó a don Eduwiges si no tendría por ventura alguna hierbita que sirviera para evitar las peleas entre esposos. Desde luego. Don Eduwiges tenía muchas hierbas, incluso la damiana, de suma utilidad a los varones que por su edad batallan al hacer obra de varón. Le dio a la muchacha unas hojitas de color verde olivo y le dijo que hiciera un té con ellas. Cuando su marido le dijera una palabra dura todo lo que tendría que hacer ella sería darle un trago a ese tecito. Preguntó la joven: “¿Grande o chico el trago, don Eduwiges?”. “Grande o chico, es igual -respondió él-. Lo importante es que no te lo pases. Déjatelo en la boca. Con eso se acabarán los pleitos”. Y se acabaron, claro. Para pelear se necesitan dos, y a las violencias verbales de su esposo la muchacha no respondía ya, pues tenía en la boca el trago de aquel mágico tecito taumaturgo. Al ver el manso silencio de su mujercita el hombre se apenaba; le pedía perdón por sus intemperancias, y venía luego una dulce reconciliación. Conyugales desazones se arreglan en los colchones. Desde luego esos eran otros tiempos. Ahora, venturosamente, la mujer no calla, y su palabra suena tanto como la del hombre, aunque con mejor sonido. Por eso yo no soy de los que piden a la presidenta Sheinbaum suspender sus comparecencias mañaneras. Que las continúe, pero siempre en la verdad y sin ocultamientos. Si imita a su predecesor en la mentira y las simulaciones, mejor será pedirle a don Eduwiges que regrese. FIN.

Mirador

Por Armando Fuentes Aguirre

Lujuria.

Pereza.

Gula.

Envidia.

Avaricia.

Ira.

Y soberbia, la madre de todos los pecados.

No sé por qué al buen Padre Ripalda se le olvidó poner entre los pecados capitales a uno que a mi juicio es tan grande o mayor que los siete que en su catecismo enumeró.

Hablo de la ingratitud, hermana bastarda de la soberbia y de la envidia.

Un perro, cualquier perro, es mejor que un ingrato. El perro siempre agradece; el ingrato nunca.

A los ingratos, Señor, mándalos al oscuro reino donde los envidiosos y soberbios han olvidado la palabra “gracias”.

¡Hasta mañana!

Manganitas

Por AFA

“Médicos cubanos”.

Con ingenio que no merma

un crítico dijo ya:

“¿Para qué vienen acá,

si Cuba está tan enferma?”.