¿Quién soy? ¿De dónde vengo y a dónde voy? Preguntas difíciles de contestar son ésas. Más fácil de responder es la consabida interrogante “¿On toy?”, que hacen quienes vuelven en sí tras un síncope, desmayo, telele o patatús. Exceptúo de eso a doña Nega, mujer de talante negativo. Por dar la contra a todos no vuelve en sí: vuelve en no. Aquellos que poseen el don divino de la fe pueden responder sin problema a esas preguntas, y decir: “Vengo del amor y al Amor voy”. Es decir: “Vengo del amor de mis padres y voy al Amor, o sea a Dios, que es amor”. Para quienes nunca han tenido esa virtud, la fe, o la perdieron, la respuesta se vuelve más difícil, hasta el punto en que muchos la consideran imposible de encontrar. Las cuestiones de la ciencia son considerablemente más dificultosas que las de la religiosidad. Para enfrentar las preguntas de la religión basta con cerrar los ojos; las de la ciencia exigen tenerlos bien abiertos. Hoy quiero hacer una pregunta que no sé si alguien pueda -o quiera- responder. ¿Qué se hicieron los millones de pies cúbicos de maderas preciosas, caoba y cedro rojo sobre todo, que resultaron de la tremenda devastación forestal causada por la construcción del malhadado Tren Maya? Si se estimara en dinero el valor de esas maderas, la cantidad ascendería a miles de millones de pesos. ¿Dónde está ese dinero? Porque nadie me diga que las valiosísimas maderas se dejaron para leña, o para alimento de las hormiguitas. Quede ahí esa pregunta, ciertamente más terrena que las arriba mencionadas, pero que pide una respuesta, aunque sea igualmente terrenal. La mamá de Pepito le dijo, terminante: “No me importa cómo se vista Supermán. Los calzones van debajo de los pantalones”. “Perdóname, Astarino -imploró, suplicante, la señora-. Si te engañé fue por el deseo de la carne”. Respondió, hosco, el mitrado: “¿Y yo que soy? ¿Verdura?”. Don Usurio se hallaba en el lecho de su última agonía. Hizo que su primogénito se sentara a su lado en una silla y le dijo con voz feble al tiempo que le mostraba un reloj de bolsillo con leontina: “Hijo mío: este reloj perteneció a mi padre, de cuyas manos lo recibí en el momento de su muerte. Antes el reloj fue de mi abuelo, y antes aún de mi bisabuelo. Ha pasado de generación en generación”. “Sí, padre” -se emocionó el muchacho. Le dijo don Usurio: “Dame mil pesos por él”. (Con el mayor respeto por su estado de salud pienso que ese señor es un cabrón). El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Quinta Venida (no confundir con la Iglesia de la Quinta Avenida, que no tiene mandamientos, sólo recomendaciones), vio a una chica de la vida alegre que ofrecía sus servicios en una esquina, y le preguntó: “¿Cuánto cobras?”. En eso estalló un rayo y se escuchó un terrible trueno. Dijo el predicador, humilde: “Caray, Señor; yo nada más estaba preguntando”. El paterfamilias encaró, severo, al novio de su hija: “¿Por qué trae a Susiflor a las 6 de la mañana?”. Explicó el bellaco: “Porque entro a trabajar a las 7”. (Y no me digan que todas esas horas estuvieron platicando). Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, habló con el fotógrafo en su estudio. Le dijo hecha una furia: “¡Le exijo que quite inmediatamente de su escaparate la fotografía que me tomó!”. “¿Por qué, señora? -se azaró el artista de la lente-. Salió usted muy bien”. “Sí -admitió doña Panoplia-. Pero al lado de la foto hay un letrero que dice: ‘Cómo esta, 100 pesos la docena’”. Acnerito, muchacho adolescente, le pidió a su padre: “Háblame de sexo”. “¿Sexo? -replicó el señor, mohíno-. ¡Qué voy a saber yo de sexo! ¡Tengo 15 años de casado!”. FIN.
Mirador
Por Armando Fuentes Aguirre.
Llegó sin previo aviso y me dijo de buenas a primeras:
-Soy el color rojo.
No necesitaba decirlo. A las claras se veía que era rojo. Le pregunté:
-¿En qué puedo servirle?
Respondió en tono imperativo:
-Escriba usted que soy el mejor color.
Le dije:
-No puedo hacer tal cosa. Estoy en buenos términos con el azul, el verde, el amarillo, el café, el anaranjado, el lila, el color de rosa y todos los demás colores. Si digo que usted es el mejor color podrían enojarse conmigo.
El rojo se pudo rojo de coraje. A fin de sosegarlo le propuse:
-Diré que el rojo es el mejor color cuando se necesite el color rojo.
Eso pareció satisfacerlo, porque volvió a su color, el rojo.
¡Hasta mañana!...
Manganitas
Por AFA.
“. Se anuncia una onda fría.”.
“A mí eso me da igual
-dijo un tipo en voz calmada-.
Yo ya tengo preparada
mi cobija de mezcal”.








