Candidito, mancebo en flor de edad, hacía honor a su nombre: era candoroso, ingenuo; carecía de ciencia de la vida. Hijo de mamá, que lo tenía como en un capullo, había sido educado por preceptores particulares, recomendados todos por el señor Obispo, pues su madre temía que si Candidito asistía a una escuela pública se inficionaría con los males del mundo. Así, el muchacho creció en la inocencia. Sucedió que llegó a la edad núbil, y en una de las raras salidas que le permitía su madre conoció una mujer, y se prendó de ella, tanto que -¡inocente!- de buenas a primeras le propuso matrimonio. Ella le dijo: “Sería muy mala si aceptara tu proposición. Has de saber que soy ninfómana”. Replicó el enamorado joven: “Nada me importan tus ideas políticas. Lo único que te pediré es que me seas fiel”. Himenia, célibe de 39 años entrados en 45, invitó cenar en su casa a don Atenógenes de la Vermihera y Trápalos, señor de rancio abolengo. Bastante rancio, al parecer, por el tufillo que el caballero despedía. Inspirado por el par de copas de vermú que la anfitriona le sirvió, don Atenógenes se vanaglorió de su prosapia. Dijo: “Provengo de seis casas reales de la antigua Europa”. “¡Caramba, amigo mío!” -se admiró Himenia-. “¡Qué pedigrí se carga!”. “¡Señorita! -se encrespó don Atenógenes-. ¡Le aseguro que estoy perfectamente sobrio!”. El novio de Glafira, la hija de don Poseidón, granjero acomodado, se presentó ante el rudo señor a fin de pedirle la mano de la muchacha. Le preguntó, severo, el receloso genitor: “¿Y tiene usted dónde ponerla?”. “No, señor -respondió el solicitante-. Precisamente por eso quiero casarme”. (No le entendí). El fallecimiento del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas fue ocasión para que nuevamente López Obrador mostrara su mezquindad, su egomanía y su absoluta falta de calidad humana. En el escueto mensaje dirigido a los familiares y amigos del destacado personaje lo presentó como un simple antecesor del movimiento de transformación del cual él habría sido el verdadero autor. Falacia mayor que ésa será difícil encontrar. El ingeniero Cárdenas fue un verdadero demócrata; López ha sido un destructor de la democracia, instaurador de un nocivo régimen de caudillismo populista y autocrático que ha llevado a México a la ruina. Afirma el proverbio popular que cuando a dos se les compara uno de los dos repara. Imposible comparar a AMLO con Cuauhtémoc Cárdenas. La mera comparación sería ofensiva para el fallecido. Podemos, sí, equiparar sus respectivas actitudes en el campo de la política. Cuauhtémoc Cárdenas abogaba por la democracia, la pluralidad, el diálogo. López hizo retroceder al país a los peores tiempos de la hegemonía priista; anuló el ejercicio democrático y creó una grotesca corte de la cual él es monarca, y todos los demás -y las demás- vasallos y vasallas obsecuentes. La Historia, señora justiciera, tiene reservado un sitio para ambos personajes. El de Cuauhtémoc Cárdenas, sitial de honor; el de López, lugar de execración. De nada le servirán entonces a cacique sus mascotas ni sus ruines contlapaches, que de seguro lo abandonarán como hicieron otros que se dieron cuenta, aunque tardíamente y ya desprestigiados, de que andaban en concilio de malos y saltaron ya del barco. Aquí suspendo el comentario. No digo más porque me expongo a decir de más. Mejor tomo otro derrotero. Dulcibel, chica avispada y pizpireta, se desesperaba por la inacción de su novio Fredesvindo. Un día el omiso muchacho le dijo, temeroso y apocado: “Anoche soñé que te hacía el amor”. Acotó Dulcibel: “Eso demuestra que eres menos pendejo dormido que despierto”. FIN.
Mirador
Por Armando Fuentes Aguirre
La razón es cosa del cerebro
La fe es cosa del corazón.
La gente común prefiere el corazón al cerebro. Muchos hay que a la persona a quien quieren le dicen “corazón mío”. De nadie se ha sabido que a la persona amada le diga “cerebro mío”. De la fe surgen certidumbres; de la razón derivan dudas. Hay quienes dicen que la duda es más creativa que la certidumbre. El que duda busca. El que se instala en la certidumbre piensa que encontró ya, y que no necesita buscar más.
Los predicadores no admiten la duda. Proponen el dogma como verdad absoluta de la cual no se debe dudar. Bienaventurados ellos, que encontraron ya. El resto de la humanidad sigue buscando.
Mientras la fe descansa en sus seguridades, la razón sigue buscando. De su búsqueda saldrá la respuesta a muchas preguntas del hombre, lo mismo que la solución a muchos de los problemas que lo agobian.
La fe es un don que mira principalmente al más allá. La ciencia, más modesta, se ocupa del acá.
Dudemos. La duda es una puerta a la verdad.
¡Hasta mañana!...
Manganitas
Por AFA
“. Guadalupe Taddei no pisará la cárcel.”.
En la política arena
una cosa está muy clara:
la cárcel es sólo para
los que no son de Morena.








