En la gastronomía, el umami es ese quinto sabor que escapa a lo obvio: no es dulce, salado, amargo ni ácido. Es profundo, complejo, satisfactorio. El descubrimiento del umami a principios del siglo XX por el científico japonés, Kikunae Ikeda, reveló que había algo más en el mundo del sabor, algo que había estado allí todo el tiempo, pero que nadie había nombrado. ¿No pasa lo mismo con ciertas experiencias en la vida? Hay momentos, relaciones o decisiones que, sin ser vistosos ni fáciles de clasificar, nos dejan un regusto duradero de sentido. Eso es el umami de la vida.
En una sociedad obsesionada con la productividad y los resultados rápidos, muchas veces olvidamos saborear la vida. Queremos emociones dulces, evitamos las amargas y tememos lo ácido de los conflictos. Pero, ¿y si el sentido de la vida no estuviera en los extremos, sino en ese punto intermedio, profundo, que no se ve pero se siente? Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, escribió que “el sentido no se inventa, se descubre”. Tal como el umami: no se crea, se revela cuando aprendemos a percibirlo.
Los expertos en bienestar emocional coinciden en que la plenitud no se basa en la euforia constante, sino en la capacidad de encontrar significado en lo cotidiano. Martin Seligman, pionero de la psicología positiva, plantea que el sentido es uno de los cinco pilares del bienestar. Pero este no se alcanza buscando placer, sino alineando nuestras acciones con nuestros valores profundos. El umami emocional aparece cuando hay coherencia entre lo que somos, lo que hacemos y lo que damos al mundo.
En las culturas orientales, el umami ha sido parte de la experiencia culinaria desde siempre, aunque no tuviera nombre. Así también, muchas personas han vivido con sentido sin saber que eso era lo que les daba estabilidad. Un abuelo que cuida con paciencia a sus nietos, una maestra que transforma vidas en silencio, un artista que crea sin fama. No buscan reconocimiento; buscan trascendencia. Ellos experimentan el umami de la existencia.
Aplicar esta filosofía a nuestra vida implica aprender a identificar nuestras fuentes de sabor profundo. ¿Qué actividades te hacen sentir conectado contigo mismo? ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo no por obligación ni por recompensa, sino por convicción? Identificar y cultivar estos momentos es fundamental para una vida con sabor.
La práctica de la atención plena (mindfulness), el servicio a los demás, la gratitud y la introspección son herramientas que nos ayudan a afinar el paladar existencial. Así como un buen caldo necesita tiempo para liberar el umami, nuestras experiencias también requieren espacio, silencio y profundidad para revelar su verdadero valor. “La vida tiene su sazón”, podríamos decir parafraseando a los antiguos.
Quizá es momento de dejar de perseguir solo los sabores fáciles de la vida y comenzar a cocinar experiencias con sentido. Porque el umami no es lo que brilla a primera vista, sino lo que permanece. Y en una época donde todo parece efímero, aprender a reconocer ese sabor profundo puede ser el acto más revolucionario de todos.
@Mik3_Sosa