“Despedir un olor que se percibe a gran distancia” define la Real Academia de la Lengua Española el vocablo trascender. Es decir, trascender significa extender los afectos de nuestra vida a otros, a quienes nos rodean. Ser luz en la oscuridad.
Don José Patrocinio González Blanco Garrido es un hombre que trascendió. Culto, erudito en el Derecho. Con una capacidad extraordinaria para la oratoria y por cuyas venas corrió sangre política. Vasto en toda la ramificación de la palabra.
A la clase de hombres como él, se les llama agathos polites porque son únicos. Su elemento es la espiritualidad y están emparentados a la ética.
Primogénito del exgobernador Salomón González Blanco y de Doña Josefa Garrido Canabal, Don Patrocinio nació en Playas de Catazajá, en el norte de Chiapas. Entonces, México resentía los efectos de la postrevolución que comenzó con la promulgación de la Constitución de 1917.
Con estrella propia, en sus inicios de preparatoriano en la ciudad de México, el joven Patrocinio destacaba entre aquellos muchachos de la época, inquietos y alentados por las expectativas de cambio. Reparto de tierras y educación eran premisas.
Cautivaban sus discursos cargados de vivacidad, frescura y contenido antropológico. Alrededor suyo o en cuclillas, los jóvenes escuchaban comedidos la retórica que provenía de esa mente privilegiada. Era el esbozo del personaje singular que sería. Que es.
Don Patrocinio fue, siempre, partidario de la filosofía liberal porque la igualdad ante la ley ha sido en este país una exigencia irrenunciable, que no termina, causa de revueltas populares.
A lo largo de la historia, la isonomía es la expresión más sucinta del carácter democrático que debe prevalecer en todos los pueblos. Él lo interpretaba a pie juntillas.
Con una carrera política y académica fulgente, al igual que su sencillez, ocupó una serie de cargos públicos y políticos en los que, invariablemente, dejó vestigios de su talento innato. La congruencia representó su estilo personal; nunca se separó de ella. Un hombre cabal debe tener conexión entre lo que dice y hace. Él lo fue.
A los 54 años, en la primavera de la madurez, asumió la gubernatura de Chiapas (1988–1993) iniciándose así la modernidad de un estado que es producto del choque de dos culturas, con llagas seculares y una cosmogonía muy compleja, varias veces conquistado.
Miembro de la escuela política clásica, pero con un enfoque innovador, hizo simbiosis de la obra material y la equidad jurídica para gobernar Chiapas con pasión sublime. Jamás ocultó que eso significó su sueño primigenio desde que caminaba los pasillos de la escuela nacional preparatoria.
Aquel anhelo lo reiteró el 18 de noviembre pasado, al recibir en Tuxtla el reconocimiento al mérito ciudadano Joaquín Miguel Gutiérrez otorgado por el ayuntamiento. Estaba sonriente, alegre, lleno de lucidez. Qué truculento suele ser el destino.
Hasta pronto
El 30 de noviembre Don Patrocinio ha viajado al éter. Lo hizo sosegado, en paz.
Shakespeare dijo que “los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte”, en una franca apología a la felicidad. Vivir con plenitud, no rendirse, cumplir metas, servir, atreverse, porque la vida no es una carrera de cien metros, sino un maratón que sólo ganan los audaces. Don Patrocinio se atrevió, vivió, sirvió, nunca se rindió.
En ocasiones caprichoso, otras inesperado, el óbito es natural porque significa el fin de la homeostasis. Sin excepción, algún día habremos de recorrer ese camino sin confines y misterioso.
La imprevista partida de Don Patrocinio duele. Y mucho. Se ha ido la materia, cierto, pues queda el extenso legado de un hombre simplemente excepcional. Como diría Isabel Allende, las personas queridas sólo mueren si uno las olvida. “Si puedes recordarme, siempre estaré contigo”.
La gente lo evocará cuando por las tardes baile en el parque de la marimba, al escuchar el susurro de una guacamaya o el rugido del jaguarundi; en el caminar lento de una tortuga o en los colores de una iguana.
Hasta pronto Don Patrocinio. Vuele alto…












