La enseñanza es un noble arte que, si se traslada al ámbito de la política en el mundo, se encontrará una carencia de maestros que guíen los destinos de los ciudadanos en las naciones.
Hoy, los supuestos educadores se ubican del lado de la tecnología, y se les considera a aquellos que construyen drones, cohetes y misiles, parte de la industria bélica, diseñada para destruir y eliminar al prójimo.
Pero en otro lado, hay aquellos gurús que conviene recordar, así se denomina a los maestros en materia religiosa, espiritual, intelectual o filosófica que, salvo algunas excepciones, orientan a sus discípulos —y al público en general—, en el camino de la liberación o del despertar.
Esta enseñanza tiene hoy plena vigencia, dada la situación en el mundo que pelea por razones de raza, credo, color, clase e ideología política, alejándonos de los postulados de la fraternidad y unidad del orbe, práctica que lejos de buscar un mundo mejor, impregna odio y egoísmo.
La historia siempre es una buena consejera del legado que se tiene de quienes enseñan. En tiempos de Alejandro Magno, sobresalía uno de sus mentores o gurús, uno de los filósofos más reconocidos durante milenios: Aristóteles.
Hoy ya no se encuentra ninguno de este tamaño, y esto no se explica de manera simple solamente porque los tiempos ya cambiaron; no, el bien común, mediante la enseñanza y la acción, siempre es necesario.
Se puede decir que la carencia de maestros se traduce por tanto en la falta de estudiantes o de una audiencia a la cual darle formación. Así que, en la línea de trabajo individual de transformación, se llega a una regla básica que recuerda la frase de la escritora Etty Hillesum: “No creo que podamos corregir nada en el mundo exterior que no hayamos corregido previamente en nosotros mismos”.
Ese cambio está al alcance, por lo que no se debe esperar a que alguien lo realice por nosotros, cada uno es responsable de ello y por pequeña que sea la aportación, significará un cambio positivo ante las injusticias de este mundo, de las que valga la pena reflexionar, se es culpables unos más que otros.
Hay mucho de dónde partir.












