Es mujer, madre, hija, esposa y directora del Mando Único en Copainalá. Ha remado contra viento y marea en el enfurecido mar de su vida. Los músculos de su espíritu se han fortalecido y desea seguir luchando, escalando nuevas montañas y alcanzando cada vez cumbres más elevadas.
La banda de música toca efusiva a las afueras de la iglesia católica, en el corazón de Copainalá. Hay feria. Y la fiesta se engalana aún más por coincidir con el “Día de las Madres”.
Dentro del recinto sagrado, una mujer está de rodillas, rezando, pidiendo fuerzas y sabiduría para el encargo conferido.
Es Selene del Carmen Moreno Zambrano, inspector de la Policía Estatal Preventiva y directora del Mando Único en el municipio zoque.
Y mientras sus dedos hacen la seña de la cruz, dentro del templo, los de su madre muelen el guineo verde, tierno. Agrega epazote, cebolla, ajo y aceite al frijol que hierve en la olla. Está lista la “tzata”
Selene sale de la iglesia llena del espíritu, pero con hambre en el estómago. Y se dirige a casa a darle el visto bueno al guiso maternal.
En compañía de su esposo y su hijo, disfrutan del platillo regional y del ambiente familiar. Es un oásis en el el árido desierto del deber.
“La gente no valora el esfuerzo que uno hace”, dice Selene. “No se dan cuenta que uno deja de estar con la familia, por cuidar la de ellos, que uno incluso a veces arriesga la vida por salvar la de los demás”.
Y tras comer, ella sale a hacer el recorrido por las accidentadas calles de Copainalá. La siguen sus elementos. Doce hombres y cuatro mujeres.
En total ella coordina y capacita a 32 elementos municipales. Son 16 en cada turno.
“Es un poco difícil, porque hay hombres que no aceptan que una mujer les de órdenes. Pero tengo experiencia”, resalta Selene, al indicar que ingresó a la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSyPC) en el 2000.
“Inicié como policía raso, luego estuve en la policía motorizada. Ahora soy inspector. Gracias a Dios por tenerme donde estoy, pero quiero seguir superándome”, dice.
Hace una pausa. Traga saliva. Sus ojos voltean al oriente como para buscar un nuevo amanecer y dice: “Yo viví algo muy difícil”. Es que dice que este trabajo le ha dado muchas satisfacciones, pero también ha enfrentado terribles noches borrascosas.
Una de esas noches fue en el 2013, cuando perdió a un hijo. “Fue un golpe muy grande”, confiesa. Su barca estuvo a punto de naufragar. Pero siguió adelante. Dios ha sido muy grande al darme fortaleza, dice y se persigna de nuevo.
Por ser madre soltera, encargaba a sus hijos con sus papás. “Es difícil combinar el trabajo con la maternidad. Pero se puede”, dice.
Y tras respirar hondo, se levanta y camina decidida a seguir seguir luchando, escalando nuevas montañas y alcanzando cada vez cumbres más elevadas. Tiene vocación de servicio.












