No llora, pero ganas no le faltan. Es cierto, la cantidad robada no es tanto como para cortarse las venas, pero era todo lo que tenía y le sería de mucha utilidad. Sí le da rabia que un par de hombres, buenos y sanos, con energía para trabajar, prefieran delinquir para obtener dinero fácil.
Cristel Guadalupe Hernández Ramírez, de unos 28 años de edad, mira hacia todos lados, a ver si logra distinguir a lo lejos, a quienes le robaron su dinero y su tranquilidad.
Generales
Uno era alto, delgado, vestía pantalón de mezclilla y playera color naranja. El otro, gordo, lucía atuendo de mezclilla azul en el pantalón y playera azul, dice a los policías que miran igual de desconcertados para todos lados.
“Llegaron por atrás, me amagaron. No pude ver qué arma era”, explica.
Mientras dos patrullas corren en búsqueda de los facinerosos, otros policías terminan de pedir datos a la agraviada.
La policía respondió en cinco minutos al pedido de ayuda hecho al 066. Pero parece que a los ladrones se los tragó la tierra. O se cambiaron de ropa o bien abordaron un taxi.
Los oficiales estatales y municipales buscaron por el estacionamiento de toda la plaza y en las calles aledañas, de norte a sur y de sur a norte.
Cristel ahogó el último reducto de esperanza y llamó a un familiar. La dejaron a pie, ni siquiera tenía dinero para el colectivo.
Su rostro luce endurecido. No llora, pero ganas no le faltan. Quisiera cambiar la naturaleza humana, llena de maldad. Y quisiera conseguir que los hombres no sean perversos. Que con su manos trabajen para ganar, con el sudor de su frente, el pana de cada día. Pero sabe que eso es imposible. Y se resigna.
Ella llegó la tarde noche del martes a la plaza Polifórum.
Entró a la tienda Coppel, donde le entregaron cinco mil pesos en efectivo. Dice que se lo debían. Al parecer fue un crédito.
Ahora ella es la que debe. Y los facinerosos tienen una deuda con la justicia.












